Por Carmen Perilli
Para LA GACETA - Tucumán
Mario Vargas Llosa ingresa a la literatura demandando reconocimiento como escritor e intelectual. Se construye como desafiante testigo de su tiempo. No trepida en entregarse a la pasión literaria y política. En su trayectoria podemos distinguir ciclos narrativos enlazados por un período de transición.
El ciclo de los 60 se caracteriza por su adhesión socialista y una visión moral que denuncia la opresión de una sociedad corrupta y se clausura entre 1971 y 1974. En el período de transición, coincidente con su alejamiento de Cuba, declara su fe flaubertiana, y reflexiona sobre las relaciones entre la literatura y la cultura masiva. Luego, Vargas Llosa gira, casi brutalmente, hacia el liberalismo hasta abrazar las doctrinas de Karl Popper, Isaiah Berlin y Jacques Revel. Si en la primera etapa se compromete con las luchas populares, en la última se convierte en el defensor acérrimo de la sociedad abierta y la libertad de mercado. Su afiliación al Perú y a América Latina trueca en defensa de la globalización.
Toma partido y se pronuncia, con inusitado brío, ante casi todos los acontecimientos políticos y sociales del Perú y América Latina. Pasa por la Universidad de San Marcos, donde se gradúa con una tesis sobre los cuentos de Rubén Darío, e ingresa en el grupo comunista Cahuide. En 1956 dedica un ensayo filial a Mariátegui. Mientras tanto, Sartre marca su identidad de escritor y su concepción de la literatura. Después de su anhelado viaje a Francia cumple con el sueño de vivir en Europa, desde donde descubre la revolución cubana y forma parte activa de la familia literaria que rodea a la isla. La ruptura se anuncia con incidentes, como su negación a entregar al Che el Premio Rómulo Gallegos, y su condena a la represión contra los escritores soviéticos y a la invasión rusa a Checoslovaquia. El caso Padilla y la violencia con la que son recibidas sus críticas lo alejan hasta la abjuración del proyecto socialista. El "fuego" de su literatura se vuelve contra aquello que lo inflamaba. Años después alude a "los mitos, utopías, entusiasmos, querellas, esperanzas, fanatismos y brutalidades entre los que vivía un latinoamericano en las décadas del sesenta y setenta, esa atmósfera política e intelectual que todos los escribidores contribuimos con nuestra conducta y nuestra pluma a purificar o enrarecer (me temo que sobre todo esto último)".
En La literatura es fuego, el discurso del Premio Rómulo Gallegos, elige a Carlos Oquendo de Amat, ignorado autor de un solo libro. Habla de la desprotección y la orfandad de ese "provinciano hambriento y soñador" con nombre de virrey, encarcelado, y asesinado en las sierras de Castilla, "enloquecido de furor" en un hospital de caridad, dejando tan sólo "una camisa colorada y cinco metros de poemas de una delicadeza visionaria singular". En contraste, un presente de reconocimiento internacional junto a García Márquez y Rómulo Gallegos. Vargas Llosa insiste en su fe socialista y sostiene "que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica... el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento".
En la política peruana tiene polémicas intervenciones. Actúa como miembro de la Comisión de la Verdad que investiga las muertes de Uchuraccay, a pedido de Fernando Belaúnde Terry, con discutibles resultados. En los 90, se postula a presidente del Perú encabezando una alianza de sectores de centroderecha. Su estrepitoso fracaso lo lleva a escribir sus memorias y a asumir la nacionalidad española. Critica el indigenismo y el andinismo a los que considera "utopías arcaicas" y apuesta a la modernización europea, a través de la tradición hispanista.
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